lunes, 15 de septiembre de 2008

Conversación con Ramón Gutiérrez (3era parte)

(En la foto: Casa de ejercicios espirituales de la Orden Franciscana Seglar)

Trujillo pierde casonas que conforman el entorno de la Plaza Central, a pesar de estar protegidas, Arequipa está en peligro de perder su título de Patrimonio de la Humanidad y Lima está en un limbo en cuestiones de rescate de patrimonio. La autenticidad, la veracidad, la originalidad ¿son términos que pueden perfectamente aplicarse a nuestros contextos?

Nuestra posición frente a los Centros Históricos hoy, es considerarlos paisajes culturales. Integrar todo el problema de patrimonio inmaterial, integrar los problemas de diversidad cultural, no plantearlos en los términos en los que la ciudad es un conjunto de edificios. Creo que la necesidad de replantear la conceptualización de la ideas de patrimonio de UNESCO es un tema que esta hoy en el tapete, aunque es un tema que va a tardar. El ICOMOS europeo envía a Buenos Aires a un sueco a informar sobre nosotros y nunca fue a Buenos Aires, luego envían a un cubano y fue absolutamente favorable y allí vas viendo las tensiones que hay entre una mirada latinoamericana y la europea sobre el mismo problema. Para ellos el patrimonio es homogéneo, para nosotros puede ser lo heterogéneo. Se debería pensar hoy que el patrimonio se va construyendo y que lo que hagamos hoy, debería ser patrimonio en el futuro. Esta mirada es absolutamente distinta a la europea y esto nos va separando.

Nosotros no tenemos ciudades del siglo XIX declarados Patrimonio de la Humanidad, ¿por qué?, si es exactamente en ese siglo cuando se constituyen nuestras naciones, cuando se transforman nuestras ciudades, cuando se produce el efecto de la grandes obras públicas. Nosotros somos patrimonio en la medida que somos un efecto de Europa en la colonia. Somos patrimonio mientas sea Brasilia porque es una idea europea que se hace en América, o las ciudades universitarias porque es una idea italiana que se realiza en América. Estamos en esa situación en la cual este es otro campo de batalla: el campo del pensamiento, de la planificación urbana, que nunca será igual que en Europa. Ellos tienen ciudades que pierden habitantes nosotros tenemos ciudades que ganan habitantes. Estas son las realidades por las cuales no podemos seguir recetas que vienen de afuera porque parten de otros problemas.


Autenticidad y mercado.

Creo que una obra rehabilitada no pierde necesariamente la autenticidad. Por supuesto que tiene que tener usos compatibles, hay obras que no resisten todos los usos y no solo en si mismas, sino en el lugar en donde están ubicadas, en la relación urbana. Cada caso es muy particular, lo fundamental para mi no es conservar fachadas sino tipologías, entonces allí es donde uno debe compatibilizar los nuevos usos a las tipologías. Yo creo que los monumentos tiene que ganarse la vida, que hay que encontrarle la forma que, una ves recuperados, generen los recursos para sí mismos, para su mantenimiento.

En esto creo que hemos cometido errores de restaurar edificios a los cuáles no se les dio un uso adecuado, a los cuáles inclusive se les restauró, pero sin saber qué se iba a hacer con ellos. Este tipo de situaciones ya son inadmisibles sobre todo porque debemos utilizar nuestros recursos económicos de una manera razonable y ya que son escasos en la recuperación de patrimonio hay que hacerlos valer. No creo que el mercado tenga leyes, de ningún tipo, tiene intereses que es distinto y la prueba está en que las supuestas leyes del mercado que deberían llevar a determinadas circunstancias nos han llevado a otras absolutamente distintas en América Latina.

No creo que el mercado genere leyes, creo que el mercado se genera por intereses. Por ejemplo Frederick Cooper está planteando un edificio de 7 pisos en el centro de Cuzco, en donde estaba el Convento de San Agustín. Lo justifica diciéndome que quiere recuperar la idea de la torre de la iglesia de San Agustín. El negocio se justifica con estas cosas simbólicas, por supuesto que le han dicho que no y no se va a hacer. Yo lamento mucho si el hotel no es rentable con menos de 7 pisos, pues que hagan el hotel rentable en otro lado, pero no me arruinen la ciudad. Una obra de arquitectura puede arruinarte la ciudad, genera conflicto, genera fricción de tránsito, problemas de estacionamiento, problemas de abastecimiento. La única cuadra que sube, digamos, desde afuera hacia el centro de la plaza de la ciudad, es la de San Agustín. Entonces tengo que pensar en qué términos: ¿tengo que pensar en los beneficios del mercado?, ¿tengo que pensar en la sustentabilidad de eso?, ¿tengo que pensar en el beneficio de la ciudad y de la comunidad?... entonces allí esta el bien común frente al mercado. Yo creo que la ciudad debe ser pensada como bien común. Creo que la fachada de mi casa forma parte de la calle, de la escena urbana y tengo una responsabilidad por eso.


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1 comentario:

Anónimo dijo...

La torre cuzqueña es una metonimia de la situación de todo el país. ¿Qué hacemos, por ejemplo, los que vivimos en áreas residenciales en las que se decide plantar centros empresariales, como en Monterrico, o torres de doce pisos, como en el Trigal?